Paul Poiret: el primer diseñador

Poiret

Paul Poiret plenamente consciente de las carencias de la moda de finales del siglo XIX sentenció: «La moda necesita un tirano» papel en el que se visualizaba a sí mismo a la perfección y ante tal indecisión, hacía falta alguien que tomara la batuta de la moda.

Los padres de Poiret eran unos comerciantes de telas en el barrio parisino Les Halles, tal vez fue por ello que supo desde muy joven cuál era su vocación: ser artista. Este regordete soñador de sonrisa tierna contó con el apoyo incondicional de su madre y de sus tres hermanas pero su padre se resistió a sus encantos obligándolo a permanecer hasta culminar el bachillerato, además, con la intención de que conociera lo dura que es la vida, lo obligó a trabajar de recadero para uno de sus amigos cuyo oficio era paragüero.

En unas de sus memorias se extrajo: «Quizás olvidara lavarme una que otra vez, pero el cuello blanco de la camisa me lo cambiaba a diario», y es que Poiret era un fiel defensor de que la apariencia externa era lo que realmente importaba. De su trabajo junto al paragüero solo aprovechó lo que le daba alegría a su alma y eran los retales de seda. Con estos retazos confeccionaba en su casa extravagantes creaciones que drapeaba en un pequeño maniquí de madera, regalo de sus hermanas quienes se entretenían embelesadas mirándolo crear.

La medida de todas las cosas siempre era su gusto y junto con un gran talento para el dibujo empezó a ser el ayudante de Jacques Doucet con el que aprendió a hacer una fina sastrería y el corte de la forma más aduladora para las estrellas de los escenarios. Luego de cumplir con el servicio militar, en 1901 entró a trabajar en la más prestigiosa casa de moda para el momento: Worth. Pero los sucesores del fundador no le brindaban la oportunidad de intervenir.

Pero por suerte para Paul, aún había mujeres que creían en su talento, es por ello que su madre le dio 50000 francos para que se independizara y en 1903 estableció su primer salón de moda. Rejane, una actriz muy aclamada para este entonces, dejó a Doucet para convertirse en su primera cliente.

Tres años después Paul Poiret era ya una estrella y en sus fiestas se reunía lo más selecto de París. Este artista de la moda se preciaba y con razón de haberle declarado la guerra al corsé, pero su revolucionaria hazaña solo respondía a una necesidad puramente estética. La visión del cuerpo femenino en un prominente busto por delante y una poderosa trasera por atrás le parecía absolutamente ridícula. En 1906 diseñó un vestido sobrio y estrecho cuya falda comenzaba justo por debajo del pecho y caía completamente recta hasta el suelo, creando una línea que lo haría inmortal. A esta creación la bautizó como «La Vage» porque recubría el cuerpo como una suave ola.

Poiret

Las mujeres de Poiret resultaban increíblemente ágiles en contraposición con las encorsetadas de la Belle Epoque y todo ello fue posible por su matrimonio en 1905 con la esbelta Denise Boulet quien fue la madre de sus cinco hijos y una de las mujeres más elegantes de París.

El hombre de la batuta de la moda no sólo liberó a las mujeres del agotador corsé, sino que lo sustituyó por sostenes más flexibles y ligeros porta-ligas, lo que hacía a las mujeres parecer más jóvenes. Además, desterró las medias negras y despertó en mujeres y hombres la ilusión de las piernas desnudas al envolverlas en seda de color carne.

Como un hombre de excesos se encontró con su primer desacierto y es que en 1910 concibió la falda trabada que obligaba a las mujeres a caminar dando pequeños saltitos y entre risas aseguraba: «He liberado sus torsos, pero les he atado las piernas».

Poiret se veía a sí mismo como a un sultán que vestía a su harén con los más suntuosos atuendos orientales. Prescribía caftanes, bombachos y turbantes y ellas con algarabía aceptaban bordados coloristas, encajes, brochados con hilos dorados y plateados, brocados, orlas de flecos, perlas y plumas raras. Mientras más exótico fuera muchísimo mejor y es que desde 1909 los Ballets Rusos actuaron por primera vez en París subiendo a todo aquel en el autobús de la moda oriental.

En 1911 Poiret organizó «Las 1002 noches», uno de los bailes de disfraces más legendarios del siglo XX y en el cual se desdibujaba la ropa de los disfraces. Poiret fue un hombre extravagante y despilfarrador que además de organizar grandes eventos, fundó una escuela de artes aplicadas donde se diseñaban muebles y tejidos; viajó por todo el mundo haciéndose con grandes ideas allí donde iba y fue el primer modisto que sacó su propio perfume y para 1911 fue nuevamente motivo de escándalo al sacar su falda pantalón condenada incluso por el mismísimo papa Pio X. Ese mismo año fundó un taller donde se estamparon elegantes sedas para la confección con diseños de Raoul Dufy, una auténtica revolución del diseño textil.

Hacia muchísimo tiempo que Poiret había dejado de ser un mero creador de moda para transformarse en un auténtico diseñador que a todo imprimía su sello estético: desde accesorios hasta decoración de interiores.

Poiret

Maravilloso diseñador, pero no un visionario. Poiret vivía en su tiempo que fue el que precedió a la primera guerra mundial, A su regreso del frente en 1918 encontró la vida completamente cambiada.

En busca de lograr recuperar a su antigua clientela, Paul se endeudó con medio millón de francos al ofrecer grandes fiestas. Sin embargo, encontró financiadores que se aprovecharon de su genio y a su vez someterlo a las reglas del mercado. Sintiéndose humillado se sentó a esperar su oportunidad de tomar de nuevo su trono como el rey de los modistos, oportunidad que le llegó en 1925 con la exposición Art Deco para la que Poiret decoró tres barcazas con sus diseños: una como restaurante de lujo, otra como salón de costura y la tercera como boutique de perfumes, accesorios y muebles.

Finalmente, Paul Poiret muere en 1944 pobre y arruinado luego de retirarse de mala gana cuando su mujer Denise decide abandonarlo. Sus últimos años se dedicó a la pintura.

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